miércoles, 8 de septiembre de 2010

Por qué hay que proteger a Wikileaks



Por: John Pilger
New Estatesman

En su última columna publicada en el semanario británico New Statesman, John Pilger describe la importancia de Wikileaks como una nueva e intrépida forma de periodismo de investigación que amenaza tanto a los belicistas como a sus apologistas, especialmente a los periodistas que no son más que taquígrafos del Estado.

El 26 de julio Wikileaks publicó miles de archivos militares secretos norteamericanos sobre la guerra de Afganistán, en los que se documentaban operaciones de encubrimiento, una unidad secreta de asesinatos y la muerte de civiles. Archivo tras archivo, las brutalidades resuenan con eco colonial. De Malaya y Vietnam al Domingo Sangriento [en Derry, en Irlanda del norte] y Basora, poco ha cambiado. La diferencia estriba en que hoy hay un modo extraordinario de saber de qué modo se hacen en nuestro nombre estragos en lejanos países a modo de rutina. Wikileaks ha conseguido los registros de seis años de asesinatos de civiles tanto en Afganistán como en Irak, de los cuales lo publicado en The Guardian, Der Spiegel y el New York Times no son más que una pequeña porción.

Como es comprensible, hay una histeria sonada que exige que “se dé caza” y “se ponga a disposición” al fundador de Wikileaks, Julian Assange. En Washington entrevisté a un alto funcionario del Departamento de Defensa y le pregunté: “¿Puede usted garantizarme que los editores de Wikileaks su editor en jefe, que no es norteamericano, no se verán sometidos a la caza del hombre sobre la que leemos en la prensa?” Respondió: “No es ocupación mía dar garantías de nada”. Me remitió a la “investigación criminal en curso” sobre un soldado norteamericano, Bradley Manning, presunto filtrador. En una nación que arguye que su constitución protege a los que dicen la verdad, el gobierno de Obama persigue y procesa a más filtradores que cualquiera de sus modernos antecesores. Un documento del Pentágono declara sin rodeos que la inteligencia norteamericana tiene la intención de “marginar mortalmente” a Wikileaks. La táctica preferida consiste en la calumnia, con los periodistas empresariales siempre dispuestos a desempeñar su papel. [1]

El 31 de julio, la célebre reportera norteamericana Christiane Amanapour entrevistó al Secretario de Defensa, Robert Gates, en la cadena ABC. Invitó a Gates a que diera a los espectadores una idea de su “enojo” a causa de Wikileaks. Se hacía eco así de la línea del Pentágono según la cual “esta filtración tiene las manos manchadas de sangre”, dando así pie a Gates para que encontrase a Wikileaks “reo” de “culpabilidad moral”. Tal hipocresía proveniente de un régimen empapado de la sangre del pueblo de Afganistán e Irak – como dejan claro sus propios archivos – no es aparentemente razón para la investigación periodística. Apenas si resulta sorprendente hoy que una nueva e intrépida forma de señalar responsabilidades públicas, como la que representa Wikileaks, amenace no sólo a los belicistas sino a sus apologistas. Su actual propaganda estriba en decir que Wikileaks es “irresponsable”. Este mismo año, antes de dar publicidad al video tomado desde la cabina de un helicóptero de combate norteamericano Apache, en el que se mostraba a diecinueve civiles muertos en Irak entre los que se contaban periodistas y niños, Wikileaks envió gente a Bagdad para dar con las familias a fin de tenerlas preparadas. Antes de la publicación el mes pasado de los archivos concernientes a la guerra de Afganistán, Wikileaks escribió a la Casa Blanca pidiendo que identificaran aquellos nombres que pudieran sufrir represalias. Quedaron sin publicar más de 15.000 archivos y no lo serán, afirma Assange, hasta que hayan sido examinados “renglón por renglón” para borrar los nombres de quienes pudieran estar en peligro.

La presión sobre Assange parece implacable. En su país natal, la responsable de política exterior de la oposición, Julie Bishop, ha declarado que si su coalición derechista gana las elecciones el 21 de agosto, [2] se procederá a las “acciones apropiadas” “en caso de que un ciudadano australiano haya llevado a cabo deliberadamente una actividad que pudiera poner en riesgo las vidas de las fuerzas australianas en Afganistán o socavar nuestras operaciones de cualquier modo”. El papel de Australia en Afganistán, efectivamente de mercenario al servicio de Washington, ha tenido dos sorprendentes resultados: la matanza de cinco niños en una aldea de la provincia de Oruzgan y la abrumadora desaprobación de la mayoría de los australianos.

En mayo pasado, tras la publicación de la filmación del Apache, Assange vio cómo le confiscaban temporalmente su pasaporte australiano al volver a su país. El gobierno laborista de Canberra niega haber recibido la petición de Washington de detenerle y espiar a la red de Wikileaks. El gobierno de Cameron niega también lo mismo. Pero serían capaces, ¿verdad? Assange, que vino a Londres el mes pasado para trabajar en la revelación de los archivos bélicos de Afganistán, ha tenido que abandonar Gran Bretaña apresuradamente en busca, tal como él dice, de “climas más seguros”.

El 16 de agosto, el diario The Guardian, citando a Daniel Ellsberg, [3] describió al gran denunciante israelí Mordejai Vanunu como “héroe primordial de la era nuclear”. Vanunu, que alertó al mundo sobre las armas nucleares secretas de Israel, fue secuestrado por los israelís y encarcelado durante 18 años al quedar sin protección del diario londinense Sunday Times, que había publicado los documentos que les proporcionó. In 1983, otra heroica denunciante, Sarah Tisdall, una empleada de las oficinas del Foreign Office [Ministerio de Exteriores británico], envió al Guardian documentos que revelaban que el gobierno de Thatcher planeaba marear la perdiz respecto a la llegada de misiles Cruise norteamericanos a Gran Bretaña. The Guardian cumplió la orden de entregar los documentos y Tisdall acabó en la cárcel.

En cierto sentido, las revelaciones de Wikileaks avergüenzan al sector dominante del periodismo dedicado simplemente a tomar nota de lo que quiera contarle un poder cínico y maligno. Y eso es taquigrafía de Estado, no periodismo. Consúltese la página de Wikileaks y se podrá leer un documento del ministerio de Defensa que describe la “amenaza” que supone el periodismo de verdad. Y una amenaza es lo que debería constituir. Tras publicar la habilidosa denuncia de Wikileaks de una guerra que es una estafa, el Guardian debería conceder su más potente apoyo editorial sin reservas a la protección de Julian Assange y sus colegas, cuya forma de contar la verdad es tan importante como cualquiera de la que yo haya tenido experiencia en el curso de mi vida.

Me gusta la seca agudeza de Julian Assange. Cuando le pregunté si resultaba más difícil publicar información secreta en Gran Bretaña, me respondió que “cuando examinamos documentos catalogados bajo la Ley de Secretos Oficiales, vemos que establecen que es un delito retener la información y es un delito destruirla. De modo que la única opción posible que nos queda es publicar la información.”

NOTAS T.: [1] Prueba de ello son las acusaciones de violación y acoso sexual contra Assange en Suecia, recogidas por la prensa del país el sábado 21 de agosto, y que se retiraron casi de inmediato. [2] En el momento de concluir la versión traducida de este artículo, el resultado de las elecciones australianas no daba un claro vencedor, haciendo presagiar un gobierno de coalición. [3] Recuérdese que fue Ellsberg quien filtró al New York Times los celebérrimos Documentos del Pentágono sobre la guerra de Vietnam en 1970.

John Pilger, nacido en 1939 en Australia, es uno de los más prestigiosos documentalistas y corresponsales de guerra del mundo anglosajón. Particularmente renombrados son sus trabajos sobre Vietnam, Birmania y Timor, además de los realizados sobre Camboya, como Year Zero: The Silent Death of Cambodia y Cambodia: The Betrayal.

Fuente original: http://www.newstatesman.com/international-politics/2010/08/pilger-wikileaks-afghanistan


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